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RT @nelsonbocaranda 11 DE SEPTIEMBRE DE 1973: UN DÍA COMO HOY.LA HISTORIA COMO PROBLEMA Antonio Sánchez García Hoy se cumplen 39 años del fatídico golpe de estado que terminara con la tradición democrática chilena y empujara a la más grave crisis vivida por Chile en toda su historia republicana. Una crisis que nadie en su sano juicio puede atribuir a un solo factor político, económico o social. Una crisis producto del desencuentro consciente o inconsciente, espontáneo o inducido de todos los sectores y grupos que conformaban la sociedad chilena. Civiles y uniformados. Una crisis de orden colectivo, institucional: una crisis de la chilenidad misma y de la que todos los chilenos, quiéranlo o no, fueron responsables. Y al mismo tiempo, he allí la tragedia, sus víctimas propiciatorias.
Lo siguen siendo. Los tribunales de justicia acaban de dar por cerrado el caso abierto por quienes dudaban de la justeza y rectitud de la autopsia a que se sometiera al cadáver del recién fallecido presidente de la república a pocas horas de su deceso y que concluyera sin lugar a dudas determinando que la causa de su muerte habría sido una ráfaga disparada por su propia mano accionando un fusil ametralladora que portara consigo durante las horas del ataque militar al palacio de gobierno. Un fusil ametralladora que le regalara su amigo y compañero Fidel Castro, seguramente anticipando acontecimientos como aquel que terminara con la vida del ilustre tribuno civilista chileno. Allende, concluye una vez más la justicia chilena, se suicidó. No tenían razón ni quienes, desde cierta derecha internacional, pretendieron culpar del asesinato a agentes de la seguridad cubana, ni quienes, desde la izquierda, pretendieron culpar a las tropas de asalto de sus fuerzas armadas.
Que a pesar del testimonio de testigos presenciales de absoluta credibilidad se volviera a ventilar el caso de las causales de la muerte del líder chileno, demuestra la pertinacia de los sentimientos, desencuentros, odios y rencores latentes en los factores políticos nacionales que, desde la elección del presidente Sebastián Piñera al frente de un bloque de centro derecha, parecieran decididos a echar por la borda los más de veinte años de recuperación democrática y reflotar algunas de las tendencias que entonces coadyuvaran a la gestación de la crisis que hiciera saltar por los aires todos los mecanismos de seguridad del fino entramado institucional de la democracia chilena. Una de las más sólidas de la historia latinoamericana. Poniendo en entredicho incluso muchos de los notables logros alcanzados entre tanto por el país en uno de los procesos de transición más notables, exitosos y complejos de la historia contemporánea. Que ha situado a Chile a la cabeza del progreso, la estabilidad y la prosperidad de América Latina.
Desde la distancia cuesta obtener una cabal comprensión de este fenómeno de auto fagocitosis que parece enturbiar el curso progresivo de la historia chilena del último cuarto de siglo. Que la punta de lanza de los factores que se han lanzado al ataque de la estabilidad del sistema sea empuñada por los jóvenes estudiantes y la razón del mismo sea la exigencia de la gratuidad de la enseñanza – manejados aparentemente por los partidos de la extrema izquierda chilena, particularmente del Partido Comunista – no es ningún azar. Ninguno de los activos participantes en las manifestaciones y disturbios, incluidos encapuchados incendiarios, que se han enfrentado a los cuerpos policiales en las principales avenidas de Santiago vivió la dictadura militar. Nacieron y han sido criados en democracia. Aparentemente sin la debida conciencia del costo en sangre, en sudor y en lágrimas que demandara su compleja y difícil reconstrucción. Y sin la plena conciencia del lamentable estado en que se encuentra la enseñanza media y universitaria en países de gratuidad absoluta, como Venezuela, ninguna de cuyas universidades figura en ningún ranking de excelencia académica del mundo. Como sí sucede, y con creces, con varias de las universidades chilenas.
No es el caso de los dirigentes de los partidos que los promueven. Ni de quienes buscan llevar las aguas de las turbulencias estudiantiles al molino de sus ambiciones. Recibo un twitter de uno de esos jóvenes políticos que promete alimentarse del coraje de Salvador Allende y del de su padre, Miguel Enríquez, para acceder al Poder. La operación página en blanco en pleno desarrollo. El sentido último de la historia – aprender del pasado para evitar la reiteración de sus peores errores – tirado con soberbia y desenfado al tacho de la basura. Un sofisticado proceso de destilación recupera de Salvador Allende y de Miguel Enríquez sólo el coraje. Sus respectivas responsabilidades ante la historia por promover una grave ruptura de la tradición institucional chilena y apostar al establecimiento de una dictadura castrista pasan a quedar guardados en el cofre de los tabúes. Es el burdo utilitarismo de la historia como problema.
“Las personas no cambian de ideas con rapidez. La trayectoria de las opiniones y sentimientos preconcebidos puede ser casi imparable, lenta, de larga duración” escribe el gran historiador norteamericano John Lukacs en su libro EL FUTURO DE LA HISTORIA. Puede que en el origen de estas conmociones que sacuden a la sociedad chilena a 39 años del fatídico golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 se encuentre esa insólita lentitud en asimilar y metabolizar las enseñanzas de los errores colectivos en la mentalidad de sus protagonistas. Y que la pertinacia de prejuicios y rencores sea más poderosa que la necesaria evolución de las conciencias. Es el grave caso de la historia como problema. Un asunto de extrema gravedad, según lo vivimos quienes vemos enarbolar la figura de próceres del pasado para volver a hundirnos en el caos y la desintegración.




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